sábado, 4 de octubre de 2014

El chico de los ojos azules


Doce menos cinco. Alba corría escaleras arriba. Pronto darían la campanada del nocturno y si no estaba en su dormitorio con las luces apagadas a la hora punta, dormiría en el cuarto de los ratones. Además, quería volver a Albadar y disfrutar de un buen baño en el lago y de ver las estrellas asomarse por entre las hojas del sauce donde un día se acomodó.
Tin, ton, tannnn. La campana. En ese momento Alba cerró la puerta. Con el corazón a cien por hora, se tumbó en la cama, y el cansancio y las ganas de volver a su mundo particular, hicieron que sus ojos cayesen y que su sonrisa cansada permaneciera intacta ante la ilusión de volver a ser feliz. Con o sin su hermano, iba a ser feliz de nuevo, y esta vez, dos personas iban a ser la clave para conseguir su propósito; Fryh y Grabiel, ellos iban a quererla e iban a llenar ese vacío que había dejado la muerte de Werel.


Abrió de nuevo los ojos. A sus pies, un sauce. Rió, estaba tan cansada que no se había quitado la pintura de sus labios. Se agachó, se deshizo del calzado y lo dejó un lado. También se quitó todos los adornos, tan solo dejó el cinturón. Luego se fue derecha al lago. Se arrodilló en la orilla y se lavó la cara con cuidado de no dejar nada de pintura en su rostro. Quería ser libre mientras estuviera allí. No sería esclava de zapatos caros y pinturitas. No. En Albadar, no.
Abrió los ojos. Se quitó la peineta del pelo y se deshizo el peinado con cuidado. Se dejó la trenza colgando y luego empezó a deshacerla sin quitar la mirada del reflejo del agua. Se acomodó el pelo suelto. Lo tenía largo y liso. Sus cabellos recordaban a un mar en calma.
Se quedó mirando al agua largo rato mientras jugaba con un mechón del pelo. Y sin poder evitarlo, dio un grito y se cayó al agua, al ver, tras ella, un chico rubio de ojos azules como el cielo del paraíso, donde, sin quererlo, podías perderte.



By: Lucía López. Autora del blog.

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